Hija de una soprano y un barítono, Nathalie Stutzmann recibió de ambos el mejor y más infrecuente de los regalos: una auténtica voz de contralto. Abundan las sopranos y las mezzosopranos, pero las contraltos de verdad son una rara avis y pocos podrían discutir que Nathalie Stutzmann lo es. Su querencia hacia los registros graves se puso muy pronto de manifiesto ya que, de niña, estudió fagot (una nueva rareza) y, aparte de su madre, su principal maestro ha sido Hans Hotter, uno de los más grandes bajos-barítonos del siglo XX, si no el más grande.
Lo inusual de su registro vocal se une también a la querencia natural de Stutzmann hacia repertorios que han quedado tradicionalmente confinados a las voces masculinas. Es el caso, por ejemplo, de los dos grandes ciclos de Lieder de Franz Schubert, Die schöne Müllerin y Winterreise, y de su colección póstuma de canciones, Schwanengesang. O de otro ciclo que se han arrogado para sí casi en exclusiva los hombres, como Dichterliebe de Robert Schumann. Nathalie Stutzmann los interpreta con naturalidad, y regularidad, con su pianista de siempre, Inger Södergren, con la que ha recorrido todo el mundo como una de las grandes intérpretes del Lied alemán y de la chanson francesa de las últimas décadas.
La carrera de Stutzmann es también rica en apariciones con orquesta (es una de las más reputadas cantantes mahlerianas de la actualidad y pocas obras se adecuan mejor a su voz oscura que la Rapsodia para contralto de Brahms) y en los teatros de ópera, donde ha encarnado a la Erda wagneriana, al Príncipe Orlofsky de Johann Strauss y al Orfeo de Gluck, además de meterse en la piel de varios personajes haendelianos. Asimismo, siempre se ha sentido muy cómoda en el ámbito de la música barroca, en el que colabora habitualmente con directores como John Eliot Gardiner, Marc Minkowski o William Christie. Y el Barroco será también el que centre su actividad con el conjunto que acaba de fundar y presentar en sociedad, y del que también es directora, Orfeo 55. No deja de ser natural que una intérprete de su versatilidad acabe queriendo también responsabilizarse de la música instrumental que arropa su voz. El repertorio elegido para la presentación en España de su nuevo proyecto se ajusta como un guante a su tipología vocal y, conociendo su nivel de autoexigencia, es seguro que Orfeo 55, que toma su nombre del inmortal cantor tracio que se acompañaba a sí mismo con su lira, será un conjunto de altísima calidad que se convertirá a partir de ahora en su alter ego instrumental.