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Desde Giulietta Simionato, nadie ha hecho tanto por las mezzosopranos. Cecilia Bartoli es para muchos la genuina depositaria de unas formas que encuentran en la estadounidense Marilyn Horne la cima del bel canto; un privilegio que comparte con cuantas cantantes de la posguerra revivieron este arte en peligro de desaparición: Renata Scotto, Montserrat Caballé, María Callas, Beverly Sills y Joan Sutherland, entre las más importantes.
La pequeña Cecilia (Roma, 1966) mostró bien pronto extraordinarias cualidades para el canto, hasta el punto de que su primera intervención escénica -como niño pastor en “Tosca”- se produjo cuando sólo contaba nueve años de edad. Al detalle, sin duda, ayudaron las amorosas lecciones de música recibidas por sus propios padres, ambos cantantes profesionales. Este aprendizaje tuvo, más tarde, prolongación en la Academia Nacional de Santa Cecilia.
El gran público conoció a Cecilia en 1985, cuando, tras una fugaz aparición televisiva en un programa de talentos e impresionado por lo que había visto, Riccardo Muti, director de La Scala, decidió cursarle una invitación formal para una audición. Cecilia Bartoli ya no ha dejado de encontrarse desde entonces con sorpresas agradables a cada paso. No hay un solo director de orquesta consultado que no la ubique en la categoría de intérprete inquieta, versátil y poco convencional.
Ejemplo: si la invitación que le hizo Herbert Von Karajan para cantar en Salzburgo, en 1990, fue fallida como consecuencia de la muerte de aquel prestigioso director, Daniel Barenboim recogería inmediatamente el testigo, cautivado después de escucharla cantando durante un homenaje a Maria Callas en la televisión francesa. Precisamente Barenboim, y también Nikolaus Harnoncourt, son responsables de que la mezzosoprano se concentrase en diferentes papeles salidos de la imaginación de Mozart, desarrollando una especialización en el autor que, a estas alturas, hace de ella una de las mejores intérpretes de todos los tiempos del genio austríaco.
Elegante como pocas en todo lo que hace, las bondades interpretativas de Cecilia se extienden también a diferentes repertorios de compositores barrocos y de otros del periodo clásico temprano: Gluck, Salieri, Vivaldi, Haydn… En todos ellos, el premio a la constancia de la cantante se hace patente en una técnica interpretativa incontestable y un timbre aterciopelado único. Todo ello, y el profundo amor que siente por su trabajo, hicieron acreedora a Cecilia, hace algunos años, de la concesión de la prestigiosa Orden de las Artes y Letras. En España, el Gobierno le concedió la preciada Medalla de Oro de las Bellas Artes.
La Cecilia Bartoli que ahora estará en la escena es la misma de siempre; una poderosa humanidad en la voz, acompañada del piano de Sergio Ciomei. Y con ellos dos, un puñado de historias de amor y desamor que, recorriendo rúbricas sonoras como las de Rossini, Donizetti, Bellini, Viardot, García y Malibrán, hurgarán, seguro, con acierto en las heridas que a todos duelen. |